beneficios de meditar

Los beneficios que me ha aportado meditar cada día durante un año

Empecé a meditar a principios de 2016. En mi planificación de objetivos para dicho año, escribí: “Querría que uno de mis propósitos fuera meditar, pero me da miedo abandonar en el intento. Ya me lo he propuesto otras veces y, después de varias semanas, he acabado desistiendo. Pero podría ser mi principal reto del año. ¡Venga, sí, lo va a ser!”.

Había decidido no ser tan dura conmigo misma como lo fui en las anteriores ocasiones en las que intenté generar el hábito de meditar todos los días. Esas veces había querido meterme veinte minutos de meditación entre pecho y espalda por las mañanas, y otros veinte por la noche. Con esta imposición elegida, la práctica no tardaba en convertirse en una tortura de la que escapaba a las tres semanas como mucho. Tras varios intentos fallidos, me conformé con empezar con cinco minutos sólo por las mañanas, e ir incrementando el tiempo a medida que me sintiera cómoda y empezara a parecerme poco.

Cuidándome de esta manera, permitiendo a mi cuerpo y a mi mente adaptarse poco a poco a un nuevo hábito, logré convertir la meditación en algo que me apetecía hacer y para lo que no necesitaba forzarme. Fui aumentando los tiempos de silencio hasta que decidí escuchar a mi cuerpo y a mi mente y dejar de depender de la alarma del teléfono. He mantenido mi práctica hasta el momento en que escribo estas líneas, y, hoy por hoy, siento que la mantendré durante el resto de mi vida.

Las personas de mi entorno cercano saben que medito. A las que han querido indagar en mis razones para meditar, lo primero que les he dicho es que la meditación es lo que más me ha ayudado hasta el momento a conocerme, a encontrarme conmigo misma, a escucharme desde un lugar interno en el que, a veces y con suerte, no existen creencias, ni condicionamientos, ni juicios ni miedos. De momento, y que yo sepa, ninguna persona a la que haya bombardeado con los beneficios que a mí me ha aportado la meditación (explicados siempre de forma abstracta, pues no son conceptos, no son ni siquiera ideas en muchas ocasiones) se ha propuesto, finalmente, meditar ella también. No obstante, la curiosidad sigue y muchas personas me preguntan no sólo una, sino varias veces en varias ocasiones distintas, y a mí me gusta, porque siempre tendré cosas buenas que contar de mi experiencia con la meditación.

Sin embargo, como digo, suelo atascarme ante una pregunta en concreto: “¿Y a ti qué te ha aportado la meditación?”. Me es muy complicado contestar a esta pregunta, porque además para hacerlo tengo que establecer una comparación entre la Irene de principios de 2016 y la Irene del 29 de enero de 2017. Mi memoria, como creo que la de la mayoría de las personas, tiende a generalizar y a dibujar el cuadro del pasado a trazos gruesos y difusos, de manera que las sutiles diferencias entre mi yo de hace un año y mi yo de hoy no aparecen representadas, o tal vez adoptan el mismo color que la pintura predominante en el cuadro, así que, en la memoria, en el lenguaje, esas diferencias no existen. Siento que sólo puedo establecer las comparaciones verdaderamente significativas entre una Irene que esté a cinco o seis años de distancia de la Irene de hoy en día, e incluso más alejada de mí en el tiempo.

No me resulta nada fácil hablar de los beneficios de la meditación. Los cambios son sutiles, y a la vez encierran más poder que muchos cambios visibles a los ojos humanos que haya podido experimentar durante mi vida. Sé que la Irene de principios de 2016 no pensaba según qué cosas, o no sentía según qué cosas, o no experimentaba cierta situación de cierta manera, o se enfrentaba a los períodos de estrés con otra actitud… pero no sé decir qué pensaba antes, o qué sentía o experimentaba, o cómo se enfrentaba específicamente al estrés esa Irene que hoy es distinta, pero que es igual y siempre será igual en muchos aspectos, en realidad. Por eso todo lo que pueda decir sobre los beneficios que, para mí, tiene la meditación, sonará general, algo vacío, y dudo que alguien pueda, por ello, sentirse atraído hacia la práctica, dado que no lo estará experimentando por sí mismo, sino escuchándolo de alguien que no tiene pruebas con las que dar fe de la validez de su experimento.

Para ver si escribiendo puedo ser más concreta que hablando, he decidido escribir este artículo sobre los cambios -tan abstractos, tan sutiles- que he experimentado en este primer año de hábito meditador. Aviso desde el principio que nada de esto tiene sentido si no meditas tú. Aviso, también, que meditar no es dejar la mente en blanco como se suele creer, o al menos no para mí: para mí, meditar es observar -o tratar de observar- mis pensamientos, el continuo flujo y encadenamiento de ellos, y aceptarlos, tanto a ellos como a las emociones que pueden provocarme en el momento en que surgen. Aceptar, también, la no-posibilidad de aceptar (no quiero pensar esto, no quiero sentir esto. Eso también puede ser aceptado). Aviso, por último, que seguramente sonaré abstracta y poco tangible, pero ahora mismo ésta es la máxima claridad a la que puedo aspirar en este tema.

 

Los beneficios que me ha aportado meditar cada día durante un año

1.- Conciencia aumentada de los pensamientos y las emociones: surgen y desaparecen

Las primeras semanas de meditación me sentaba, trataba de observar mi mente y traerla de vuelta cada vez que se dispersaba y, en cuanto se cumplía el tiempo, me levantaba y pasaba a otra cosa. No notaba nada en especial, excepto, tal vez, algo más de calma o de silencio mental algunos días, pero perfectamente podría deberse a decenas de otros factores. Meditar, para mí, era durante esos meses la construcción de un hábito y una inversión de futuro.

Ya a finales de mi segundo mes de meditación empecé a ser consciente de algo que nunca antes había observado y que me sorprendió por la claridad con la que ahora, de repente, se me mostraba. Lo que observé fue lo que denominé “cadenas de pensamientos”. Sentada, en silencio, con los ojos cerrados, me di cuenta de cómo un pensamiento nacía de otro, y cómo, después de desplegarse en palabras a veces catalizadoras de emociones, se preparaba para morir; antes de que desapareciera del todo, sin embargo, otro pensamiento surgía de él, como el ave fénix renace de unas cenizas que contienen su origen y su esencia inmortales.

Para mí esto fue todo un descubrimiento. Normalmente el diálogo interno es inconsciente y me conduce, de pensamiento en pensamiento, a un destino con el que, una vez allí, yo juzgo que no tengo nada que ver. Pero sí que tengo: yo he permitido que mis pensamientos me aterrizasen en ese lugar; lo he permitido por inercia y por inacción. Lo mismo con las emociones: de repente me encuentro en un estado emocional en el que la ira me ha poseído por completo, o me sumo en la tristeza durante varios días sin tener muy claro cómo he llegado a estar así. Ahora sigo llegando a esos lugares, pero creo que la meditación me ha servido para entender qué “cadenas de pensamientos” han provocado que el destino sea ése y no otro.

Comencé observando esas cadenas durante la meditación; ahora, a veces, puedo observarlas durante una interacción con otras personas, o en una conversación conmigo misma. Es interesante, al menos para mí, porque veo “a tiempo real” cómo estoy creando mi realidad a través de mis pensamientos y emociones, y esto me devuelve a mí la responsabilidad sobre mi vida, que, en otro momento, tal vez habría depositado en otra persona o en una circunstancia externa.

 

2.- El descubrimiento de la serenidad

“Serenidad” era una palabra que no existía en mi vocabulario hasta hace unos meses. “Calma” sí, y “tranquilidad” también, pero nunca se me habría ocurrido decir “me siento serena” o “estoy experimentando serenidad”. Luego descubrí que no utilizaba esa palabra porque no tiene el mismo significado subjetivo que las otras dos: no son sinónimos.

Escribo diario todos los días, así que puedo rescatar el día exacto en que utilicé esa palabra tal vez por primera vez: el 27 de septiembre de 2016. Escribía esto:

“Estoy aprendiendo lo que es la serenidad, algo que, la verdad, no conozco demasiado. De hecho, fue ayer cuando, en un momento dado, sentí que lo que estaba experimentando era serenidad: ésa tenía que ser la palabra. Porque sí había sentido paz, tranquilidad, calma, quietud… pero serenidad tiene un matiz distinto; para mí, la serenidad es el estado de paz y tranquilidad cuando a tu alrededor todo, o casi todo, está patas arriba. Es como el capitán de un barco que se está hundiendo: él ve la destrucción y el caos a su alrededor, pero se mantiene frío y con capacidad para razonar y tomar decisiones útiles en vez de dejarse contagiar por el torbellino emocional que está teniendo lugar a su alrededor.

Ayer me dio esa sensación. Todo era bastante caótico a mi alrededor, y sin embargo yo estaba como viéndolo todo desde fuera, desapegada. Me costaba un poco hacer ese esfuerzo porque mi naturaleza es dejarme arrastrar por el caos circundante, pero no”.

Yo atribuyo este descubrimiento a la meditación.

 

3.- Emociones menos exaltadas

Aunque la Irene de 2016 ya esté un poco difuminada, sí recuerdo, claro, ciertos patrones de conducta con los que me identificaba y que, para mí y para muchas personas cercanas, me definían.

Uno de ellos era un nerviosismo que rozaba la histeria cuando mi mente interpretaba que estaba ante un panorama que entrañaba un alto grado de incertidumbre o de peligro para mí o para otros. Podía perder completamente el control de mí misma cuando veía a mi gato caminar tan tranquilo por la calle, ajeno a mis llamadas, o cuando una tormenta provocaba una avería en el sistema eléctrico de mi casa. Éstos son ejemplos básicos; luego están los ataques de pánico en los aviones -hubiera turbulencias o no-.

Todo eso se ha suavizado bastante. Creo que, en realidad, tiene mucha relación con la serenidad y también con la observación de las “cadenas de pensamientos”: como puedo observar, aunque sea un poquito, cuál es el camino que está siguiendo mi mente para desatar cierta emoción, mi atención se entra en el proceso de construcción de la realidad, más que dejarse arrastrar por el resultado final. No sé si esto se puede comprender del todo.

Sea como sea, creo que la meditación ha calmado mis emociones y me ha hecho entender mejor el concepto de ecuanimidad. Nada es demasiado malo y nada es demasiado bueno. Puede parecer poco emocionante, pero a la yo de hoy le es útil y “agradable” (aunque ésta no es la palabra en absoluto) observar -o tratar de observar- lo que sucede teniendo conciencia de que, tal y como está naciendo, va a desaparecer en algún momento, sea “bueno” o “malo”, me guste o no. La tristeza se calma, pero la alegría también. Y es “agradable” (aunque, repito, ésa no es la palabra).

 

4.- Más nociones nuevas: comprensión, compasión y aceptación

En septiembre empecé a indagar en un nuevo sentido del concepto “aceptación” gracias a esta conferencia de Mónica Cavallé (todo un descubrimiento, esta mujer. Intentamos cuadrar fechas para entrevistarla en Léeme, pero no pudo ser. Tal vez en el futuro). Sé que, sin la observación de la meditación, no habría podido comprender a un nivel “físico”, no intelectual, ni una décima parte de todo lo que entraña esta palabra (y es obvio que aún me queda mucho camino para comprenderla del todo).

En cuanto a la comprensión y la compasión, he de volver al concepto de “cadenas de pensamiento”. Todo se basa en ellas, creo. Al comprender un poco mejor por qué pienso lo que pienso, siento lo que siento y hago lo que hago, qué pensamientos me han conducido a ciertos resultados, soy un poquito más capaz de comprender por qué otros hacen lo que hacen… Bueno, tal vez esto sea decir mucho. No puedo comprender por qué hacen lo que hacen, pero tal vez sí puedo ver que hay un diálogo interno inconsciente en ellos, y, sea éste como sea, entiendo que les está conduciendo, sin que ellos sean conscientes, a X acciones y a X resultados que, tal vez, no elegirían conscientemente.

No puedo explicarlo mejor. Lo que vengo a decir es que creo que la meditación me ayuda a ser más comprensiva y, por ende, más compasiva con el resto de personas, y también conmigo misma (y esa compasión creciente hacia mí la estoy notando mucho en las últimas semanas). Veo que los efectos que manifiestan en sus vidas provienen de unas causas sobre las que ellos todavía no han tomado responsabilidad, y que esas causas, a su vez, son el efecto de otras causas, y éstas de otras… otra cadena. No estoy excusando a un asesino a un político corrupto, pero de alguna manera puedo entender que actúan así porque, hoy por hoy, no saben actuar de otra manera “mejor”.

Las palabras no son éstas, y la idea queda difusa, pero ojalá se entienda un poco.

 

5.- Me siento mucho más creativa

Si tuviera que buscar un sinónimo para meditar, sería “observar”. Es una experiencia bonita ver que la observación empieza a conquistar espacios de la vida en los que antes estaba completamente apegada a la situación, o me identificaba con tal o cual creencia o pensamiento sin pararme a verlo “desde fuera” para, tal vez, descubrir ahí que era una creencia antigua, desfasada, o que ese pensamiento estaba dando a luz al pensamiento siguiente. Observar a tiempo real, como si la mente y el mundo fueran películas proyectadas en una pantalla extendida en mi cerebro. No es siempre así, pero a veces es. Antes de meditar, no era nunca.

Creo que, al estar más “observante” que antes, puedo recoger más estímulos externos, más ideas… mi mente, en esos instantes, se despoja de la corteza seca y dura que la recubre la mayor parte del tiempo, y su pulpa tierna y rosada se deja empapar de mundo. Yo no tengo que hacer mucho: mente y mundo trabajan, se asocian, se funden; luego, al tiempo, se separan, pero en mi mente ha quedado la huella del mundo, y ella la cocina a fuego lento durante días, y luego me ofrece el resultado de la cocción en forma de escrito, de proyecto, de “¿y si…?”, de idea que confronta el 100% de mis creencias.

Algo así es la creatividad que experimento desde que medito cada día (desde que medito y escribo cada día, en realidad). Mal expresada, incorrectamente puesta en palabras, pero no llego a más.

 

Hasta aquí, de momento. La verdad es que no puedo expresarlo mejor. A mí, meditar me ha servido y me sirve para conocerme, comprenderme, aceptarme, permitirme, serenarme, amarme… para observar dejando -aunque sea un poquito- el juicio y las creencias de lado. Si quieres saber más, puedes preguntarme en los comentarios o escribirme un e-mail o a través de redes sociales. Estaré encantada de contarte lo que te interese sobre mi experiencia con la meditación, porque mi experiencia es lo único que conozco, pero recuerda que para ti no tiene más valor que el que tú quieras otorgarle como motivación para empezar a meditar tú mismo.

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