cuánta vida

Cuánta vida

Me doy cuenta de lo hermosa que es la vida y de lo poco que he sabido apreciarla hasta el momento. Últimamente, hay días en los que voy caminando por la calle y me maravillo ante cualquier cosa que observo: las ramas de un árbol, las manitas curiosas de un niño, la cara de una persona anónima con la que cruzo direcciones. Me sorprende reconocer que todo eso ha estado siempre ahí y que yo nunca había sabido verlo. En la arruga de un rostro, en una hoja que cae en otoño y tapa una diminuta porción de calzada, está concentrada toda la belleza del universo, a nuestro alcance cada segundo, y sin embargo cómo la pasamos por alto, cómo la damos por supuesta sin contemplar la posibilidad de que todo eso, en sí, ya es un regalo, ya es suficiente.

No tengo ganas de odiar, ni de rechazar, ni de dar la espalda o decir no. Siento como si todo fuera algo que puede ser aceptado: un cumplido, pero también una mala palabra; una persona amable, y también una que me parece hosca o distante. Unas veces acepto con más rapidez que otras, está claro, y en ocasiones no llego a aceptar a personas o situaciones que sé que tienen algo que enseñarme, aunque no detecte aún de qué se trata. Pero siento, sé, que la vida es una escuela a la vez que un patio de juegos, y que podemos estar, omnipresentes, coexistiendo en ambos lugares a la vez, jugando en el dolor, riendo en la dificultad.

Mis mayores aprendizajes de los últimos tiempos se los debo al silencio y a su enseñanza, a su gran lección: la aceptación. Una aceptación que precisa de honestidad para conmigo misma. Primero he de reconocer(me) cuáles son mis miedos, las emociones enquistadas, mis preocupaciones, deseos o frustraciones… y luego, sean cuales sean, aceptarlos. “Aceptación”: qué palabra tan preciosa. Me la imagino en colores rosas, magentas, algún violeta también, y viene acompañada de un ramillete de flores frágiles y suaves.

Pienso, siento la grandiosidad de la vida, que está ahí siempre, a mi alcance, y me dan ganas de llorar, y los ojos se me humedecen sin atreverse del todo a romperse en lágrimas de alegría. Estoy aquí, escribiendo frente a la ventana, con el ruido de fondo de los coches en la calle y de un martillo en el piso de arriba que lleva dando golpes más de una hora. Miro por la ventana y observo los edificios opuestos al mío; los árboles que empiezan a perder sus hojas y a ver cómo sus pequeñas ramitas se dejan tumbar por las semillas que hasta ahora habían sostenido sin esfuerzo, la luz cambiante en ellas, el viento navegando a través de los huecos que se abren entre hoja y hoja. Me maravilla este cielo azul celeste moteado de nubes viajeras, y me fascina la conciencia de no haberlo visto realmente hasta ahora mismo, y de saber que nunca volveré a verlo como lo veo en este instante. Pienso: ojalá fuera pintora para capturar este cielo que se transforma a sí mismo fotograma a fotograma; ojalá tuviera la habilidad de plasmar sus gradaciones de color, el discurrir ininterrumpido de las nubes que lo engalanan.

Cuánta vida, cuánta vida en todas partes y cuán inabarcable se me presenta aquí, y sin embargo me da la sensación de que puedo concentrarla toda en la visión de esa hoja que se balancea en su rama, en el contemplar de la nube que dentro de poco desaparecerá de mi vista. Cuánta vida en un solo centímetro de árbol, en un ápice de esta madera barnizada sobre la que escribo, en el límite de la uña de mi dedo índice que toca este bolígrafo. Cuánta vida, cuánta vida siempre, en cada instante, tan muda y a la vez tan elocuente, dispuesta a mostrarse a todos, amable sin excepciones, generosa, pura, viva.

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