Día de Reyes

Hoy es día de Reyes. Para mí, hace diez años que este día significa una cosa distinta a la que significa para casi todo el mundo. La mañana de hace diez años fue la primera que me desperté en un hospital. Había llegado el día anterior, la víspera de Reyes. Traspasé la puerta de la unidad de trastornos de la conducta alimentaria sin saber cuándo la cruzaría en el sentido contrario. Mis padres se quedaron al otro lado. A mí se me llevó una auxiliar, no recuerdo su nombre ni su cara. Me mostró mi cama, me dio un pijama blanco y me pidió que me cambiara. ¿Le pregunté si debería llevar ese atuendo neutro todo el día, cada día? No lo sé. Me inclino a pensar que estaba demasiado asustada como para preguntarle algo así, pero hoy, diez años y un día más tarde, creo que ese pensamiento es justo el que habría venido a mi mente si ésta se hubiese encontrado más clara y despejada, si no hubiera estado sometida a tanta incertidumbre como en aquel momento.

El día de Reyes de 2009 a las ocho de la mañana me despertó una auxiliar. ¿La misma que cruzó la puerta de la unidad conmigo el día anterior? Tampoco lo recuerdo. ¿Me duché antes del desayuno? ¿Hice yo la cama o la hizo ella? Todos estos detalles se han ido borrando de mi memoria. Pensaba que nunca se irían. Pensaba que la rutina, repetida durante seis meses, cada día, de manera casi idéntica, sin apenas variación, quedaría grabada en mí como una fotografía indestructible de mi vida en el hospital. Pero no: los pequeños detalles se van; los nombres de las auxiliares, sus caras, incluso la cara y el nombre de la que me recibió en la unidad el 5 de enero de 2009, se van borrando.

La mañana del día de Reyes de 2009 sólo llegó a la unidad una bandeja de desayuno: la mía. El resto de chicas estaban de permiso: todas. La auxiliar (después de la ducha o la no ducha, después del hacer o no hacer la cama) me acompañó al comedor y abrió la bandeja delante de mí. ¿O la abrí yo? La bandeja contenía una taza de plástico llena de leche templada, un sobre de café descafeinado, uno de Nesquick, dos azucarillos y una porción de roscón de Reyes. No sé si me bebí la leche o no ni con qué la mezclé (nos obligaban a elegir una de las dos opciones: café con azúcar o Nesquick). Pero sí recuerdo que no toqué el roscón. Creo que ni siquiera abrí el plástico que lo contenía. No es que no me apeteciera. Es que aún no quería sucumbir. Quería demostrar durante un tiempo más que era capaz de liderar el enfrentamiento entre el hospital y yo.

Ese día nevó. De eso sí que me acuerdo, porque era la primera vez que veía nevar a un palmo de mis ojos. Entre la nieve y yo había una cristalera de tres metros. Observé la nieve. Eran copos grandotes y mullidos, de los que cuajan. Antes de ese día no sabía qué tipo de nieve cuaja y cuál no. Ese día supe que ésa era de la nieve que cuaja porque la vi agruparse y hacerse sólida en el suelo, dos pisos por debajo de mí, en la calle donde los niños del vecindario ya habían salido a jugar.

También recuerdo que vino un rey mago a visitarme. La auxiliar sin rostro abrió la puerta de la unidad al escuchar el timbre (¿a qué hora llamaron al timbre?). El rey mago no llegó a pasar al interior de la unidad. Me entregó su regalo con un pie dentro y un pie fuera. No recuerdo ni qué rey mago era ni qué me regaló.

Al día siguiente ya todo fue normal. Vinieron mis compañeras y fuimos conociéndonos poco a poco. No tardaron en descubrir que lo que más placer me daba era escribir y leer. Diana, que sólo tenía catorce años, me dijo que debería escribir un libro sobre nuestra vida en el hospital. Pensé que era una buena idea, pero que ya tendría tiempo de escribir aquello si algún día desarrollaba la técnica y el gusto suficientes como para crear algo que pudiese agradar a la gente. Estaba segura de que no olvidaría los detalles. Pero ahora, diez años después de ingresar en el hospital, me cuesta incluso recordar los nombres de algunas de mis compañeras. Cuando estaba allí llegué a aprenderme los apellidos de todas, las edades de todas, sus historias con la enfermedad, el curso en el que estaban cada una de ellas, incluso sus alergias o el menú que solía llegarles en la bandeja de los miércoles.

Si la mañana en que me desperté en el hospital por primera vez me hubiesen preguntado si diez años más tarde recordaría cada detalle de aquel día, habría respondido que sí.

1Comment
  • Ariel Garoberea
    Posted at 20:32h, 06 enero Responder

    Seguramente te has dado cuenta de muchas cosas lindas en éstos 10 años. Todas tus experiencias se reflejan en los libros que elegís para tus programas.
    Gracias por compartir.
    Ahora también te escucho en la radio!!

Post A Comment