M-I. Honestidad

Escribir puede ser un ejercicio de honestidad o un disfraz hecho a medida. Yo persigo, casi siempre infructuosamente, lo primero. El miedo a tropezar con lo segundo, la frustración que siento de forma anticipada al intuir el desenlace irreversible, es lo que me mantiene alejada de la escritura durante largas temporadas. Al final vuelvo a ella. Me refiero a la escritura que se muestra, a esta escritura que se abre camino en la pantalla. La otra, la de cuaderno privado casi diario, ésa es vital, irrenunciable. Ésa soy incapaz de abandonarla.

Escribo desde muy pequeña, desde luego escribo desde antes de haber leído a Gabriel García Márquez, incluso desde antes de saber que existía un genio con ese nombre, y, sin embargo, me recuerdo siempre queriendo escribir tan bien, tan agridulce como él, como Gabo. Los referentes arraigan la semilla de la escritura en las mentes abonadas con el veneno de los libros. Pero los pobres inocentes, en sus tumbas, ignoran que son ellos mismos los verdugos de los primeros brotes, tímidos y vulnerables. La conciencia de que nunca igualaré a Gabriel García Márquez se convirtió, para mí, en el principal freno a la escritura, y lo sigue siendo, tal vez el único.

Hace tres o cuatro años anduve obsesionada con Federico García Lorca. Con su poesía, y sobre todo con su teatro. Leía Yerma y era como si estuviese viendo a Lorca siendo ella, la mujer infértil y privada de los frutos terrestres. Lorca era Bernarda Alba y todas sus hijas. Y el Arlequín de Así que pasen cinco años. Los personajes de Lorca no sólo tomaban su lenguaje, también se apropiaban de su voz, nacían y morían en ella. Fue leyendo a Lorca cuando comprendí que los buenos escritores nacen y mueren en la honestidad. Surgen de ella y no la abandonan hasta el último renglón; los puntos, las comas, las tildes, los tachones, todo despide una verdad que es peligrosa, porque los desnuda, los abre de pecho a ombligo y deja a la intemperie corazón, pulmones, útero, intestinos.

El primer relato que recuerdo haber escrito con conciencia de estar creando algo que otras personas leerían -lo presenté a un concurso para niños- se titulaba Los zuecos de Marta. Los zuecos de Marta eran unos zapatos mágicos a los que yo concedía un párrafo para intervenir en la vida de cada uno de mis compañeros de clase, con consecuencias más o menos divertidas. Estaríamos en primero o en segundo de primaria y éramos muy poquitos, catorce o quince. Yo tenía nueve años y me daba igual lo bueno que fuera el relato, si el argumento engancharía o se evidenciaría como el resultado de una mezcla inconsciente de otros cuentos que había leído o que me habían contado. En realidad, lo único que tenía importancia para mí cuando lo escribí era incluir en la historia a todos mis compañeros de clase.

Y me olvidé de uno, me olvidé de Sergi. Me di cuenta cuando imprimí una copia del cuento para cada compañero de clase y Sergi no encontró su párrafo. No supe explicarle por qué no estaba allí, porque ni tan sólo yo lo sabía. De hecho, me pareció mucho peor buscarle una explicación a mi descuido, porque la única verdad era que le había pasado por alto. Sergi no me caía mal, ni quería vengarme de él por cualquier broma pesada entre niños: simplemente me olvidé de él. Quiso hacer ver que no le importaba, pero su pequeña honestidad de niño de nueve años le traicionó; abandonó su ejemplar (tres páginas grapadas, Times New Roman 12, mi primer relato en Word) en un pupitre que no era el suyo, murmuró algo en voz baja que no supe descifrar y se alejó de mí sin mirarme. El resto de niños, mientras, releían el párrafo del que eran protagonistas.

Podría haber alargado el relato e incluir un párrafo para Sergi, pero el error se descubrió demasiado tarde: la pieza ya estaba en manos del jurado y era imposible modificarla. Cuando Los zuecos de Marta ganó un premio menor en el certamen, la culpabilidad que me producía haber borrado de un plumazo a Sergi de entre los niños con quienes pasaba la mitad de las horas del día no hizo sino aumentar. Con la maestra anunciando la buena noticia delante de todos mis compañeros se reabría la herida y se hacía más difícil que se olvidasen del cuento. Que Sergi lo olvidase se volvía imposible.

Cualquier niño que escribe lo hace desde la honestidad. Un niño que escribe no busca ganar, no busca vítores. Ni siquiera creo que busque agradar. Al menos yo, de niña, con Los zuecos de Marta y con otras piezas anteriores y alguna posterior, solamente quería retratar mi pequeño mundo exterior: amigos, cole, juegos, clases de música, hermano recién nacido. La verdad, la honestidad, ni siquiera eran objetivos, sino cualidades vertidas sobre cada palabra como un tinte natural. Por eso creo que me dolió tanto haberme olvidado de Sergi; porque había cometido el fallo desde una honestidad pura e involuntaria que, en mi inocencia, pensaba tal vez que era infalible. Una honestidad que sólo unos pocos elegidos -García Márquez, García Lorca- saben conservar. O recuperar.

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