mi juego preferido

Mi juego preferido

No deberías nada, más allá de respirar – L. T.

Me recuerdo a mí misma repitiéndome, desde bien pequeña, una palabra: “deberías”.

La ventaja de “deberías” es que combina con muchas otras palabras, sobre todo con verbos. No tardé en darme cuenta de la ventaja, y la aproveché. Aquí van algunos de los verbos que más me gustaba colocar al lado de “deberías”: hacer, decir, pensar, sentir.

Pronto descubrí que era posible encadenar tres verbos en un solo pensamiento, y entonces probé con una fórmula que incrementaba la grandilocuencia de la expresión y que, además, la extendía en el tiempo: “deberías haber hecho / dicho / pensado / sentido”.

A modo de juego, me atreví a anteponer otras palabras a mi preferida. La que aparecía con más frecuencia era un adverbio, concretamente un adverbio de negación: “no”. “No deberías hacer / decir / pensar / sentir”.

Pero mi mayor entretenimiento en el recién revelado universo del lenguaje, que mi mente exploraba a la par que se hundía sin remedio en el mundo organizado de los seres humanos creciditos que hacen, dicen, piensan y -a veces- sienten fue construir ciempiés de cuatro palabras: “No deberías haber hecho / dicho / pensado / sentido”. Me habitué con rapidez a convivir con estas fórmulas y pasé ratos verdaderamente entretenidos a su lado.

La mayoría de juegos a los que nos consagramos cuando somos pequeños van cayendo en el olvido a medida que nos hacemos mayores y nos separamos, segundo a segundo, de la inocencia y la vulnerabilidad que nos guiaban en la infancia. Guardamos la pelota en el trastero, amontonamos los tableros de parchises y cluedos en el estante más alto del armario y regalamos la bici al primo que ya tiene edad de pasar a las dos ruedas. Las cosas de los adultos son nuestro nuevo reino.

Pero no nos olvidamos de todos los juegos de la niñez, ni mucho menos. Algunos permanecen. En mi vida, por ejemplo, se quedó el más entretenido: el juego del “deberías”.

No sé quién me lo enseño ni dónde lo aprendí. Como no recuerdo mi vida sin él, me he hecho a la idea de que me viene de fábrica. De todos modos, no sé si merece la pena dedicar tiempo a desentrañar el origen de mi juego preferido. Intuyo que lo único que importa es saber qué hacer con él en el presente.

Tras muchos años jugando la misma partida con mi juego del “deberías”, he decidido sustituir mi estrategia por una más sencilla, tan sencilla que su propia sencillez la eclipsa, la nubla y, muchas veces, la separa de mí.

Mi estrategia, sencilla como era cualquier juego de mi infancia -excepto, tal vez, éste-, consiste en comprender el único juego que me ha acompañado hasta hoy. Para comprenderlo, lo observo. Lo miro desde todos los ángulos a los que logro acceder. Lo coloco en el centro de la mesa y, con la mirada, sigo su trayectoria, porque nunca se está quieto, nunca hasta ahora lo he visto detenerse. Lo desgloso en todas sus piezas (no – deberías – haber – hecho) y me apresuro a recomponerlo en un orden distinto al de siempre, aunque reconozco que no siempre lo consigo, porque el juego, con su ímpetu fruto de 26 años de práctica, se me suele adelantar y se organiza a su antojo, sin variar ni un ápice de una vez a la siguiente.

En realidad, nunca aguanto demasiado tiempo observando a mi juego favorito. Me aburre: prefiero jugar con él. En eso sigo siendo una niña: me lo paso mejor participando que permaneciendo fuera del círculo, como sí hacen los adultos serios y formales que nunca experimentarán el placer de sacrificar unos pantalones nuevos para revolcarse con sus hijos en la tierra del parque.

Así que me olvido de observar, y juego. No abandono queriendo: sencillamente, un segundo estoy observando, y al siguiente ya no. Y vuelvo a construir, sin darme cuenta, en un entrenamiento infinito y complaciente, mis guirnaldas de palabras: “deberías”, “deberías haber”, “deberías haber hecho”, “no deberías haber hecho”. Es un juego entretenido, aunque, después de tantos años de partida conmigo misma en la que nunca se nombra al ganador, creo que ha llegado la hora de confesarme que, a pesar de que ha sido entretenido, en ningún momento me he divertido de verdad.

Por eso cada vez intento jugar menos a mi juego preferido. Ya sólo trato de observarlo. Y me he dado cuenta, en primer lugar, de que no hace falta que yo intervenga en la partida para que ésta siga su curso. Aunque yo no participe, el juego continúa, como si tuviera vida propia. Construye, empalma verbos, entretiene a mi mente para protegerme de otros pensamientos que podrían darme más miedo, mucho más miedo que los que mi juego arma para mí.

He comprendido, también, que lo más probable es que mi juego nunca me revele su génesis, por mucho que me empeñe en examinarlo como el fotógrafo observa el tigre al que trata de sorprender dormido en su guarida. A pesar de ello, continúo observando, aunque a veces caiga en las garras del juego y me abandone a él.

Desde esta nueva perspectiva puedo comprender algunas cosas, y lo mejor es que el juego me las muestra sin darme cuenta: yo sí que sorprendo al tigre algunas veces. Por ejemplo, he comprendido que el núcleo del juego no existe. Todo el entretenimiento se ha construido sobre un centro ilusorio, que, no obstante, se llena de sustancia gracias a sus pomposos acompañantes.

“Deberías”.

No es nada. Ilusión. Vacío. No tiene cuerpo, ni tiempo, y ni siquiera suena con la musicalidad propia de las palabras bonitas. No es nada: es el punto negro de la gramática, un espejismo.

Pero ahora prueba a rodearlo del resto de fichas del juego:

No     deberías     haberlo     hecho

De repente, parece que ya significa algo. Se le puede atribuir una historia, una imagen. Todos hemos respirado esta frase alguna vez. Todos conocemos las reglas de este juego.

Pero quítale las piezas clave. Desnuda al núcleo de nuevo.

“Deberías”.

Hay otra cosa que he comprendido en mis indisciplinadas observaciones a mi juego preferido. Y es ésta: el núcleo ilusorio sólo tiene una forma de volverse real, y para ello necesita encerrarse entre dos paredes candentes, como las puertas de un horno de leña:

No     deberías     nada

No deberías nada, más allá de respirar.

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