Hoy hace dos años

Hoy hace dos años que viajamos a la India. Las dos escribimos diario de viaje: yo te regalé el tuyo, tú me regalaste el mío. Hoy quiero recordar aquella aventura a través de algunos fragmentos que escribí durante nuestro mes lleno de calor, trenes, sijs, monjes tibetanos y callejuelas que dejaron de oler mal para nosotras.

16 – 6 – 15 / Aeropuerto de Dubái

Decidimos hacer este viaje en el mes de enero, María en Alemania, yo en España, cuando todo parecía tan lejano que no creíamos que fuese a llegar. Pero el tiempo pasa rápido, y en siete horas estaremos en la India, lejos, en ese país iluminado que hemos visto en el mapa que nos marcaba por dónde iba pasando el avión Madrid – Dubái.

16 – 6 – 15 / Delhi

En Main Bazaar, cargadas con las mochilas y tratando de no distraernos demasiado, hemos visto los primeros perros sarnosos, el primer hombre sin pierna y con muletas endebles que sujetaban su cuerpo larguirucho, la primera niña que pensará que todo esto es lo normal de la vida, porque no ha visto otra cosa. Como nosotros pensamos que lo normal son calles limpias, gente silenciosa e independiente y ausencia de olores penetrantes.

Aquí las calles están a medio arreglar, la gente grita, pita e interviene con familiaridad en la vida de los desconocidos, y a cada paso se percibe un olor distinto, pero todos, malos o buenos, son intensos y característicos, sólo de aquí. Hay perros respirando arduamente en las sombras exiguas de las calles, niños descalzos que campean en grupo por entre las motos como si fueran adultos seguros de ellos mismos, puestecillos con aire de improvisación que uno no sabe muy bien qué es lo que están vendiendo, si es que venden algo.

El agobio del calor se suma al de los transeúntes, que nos hablan en inglés para decirnos obviedades o hacernos preguntas que casi nunca contestamos. Hay niños que nos siguen y nos saludan, inofensivos, mujeres que nos piden con sus bebés en brazos y ante las cuales nos insensibilizamos, no sé si para bien o para mal, pues la visión del niño a mí apenas me afecta… Haber visto esto en imágenes en movimiento, haber escuchado hablar de ello tantas veces, ¿es una vacuna o nos deja indiferentes?

18 – 6 – 15 / Varanasi

Entrar en el tren fue una repelea total. La gente entra en vagones aleatorios, y muchas personas no tienen ni billete. Cuando, después de calores, empujones y prisas, conseguimos llegar a nuestras camas, nos dimos cuenta de que allí éramos muchos más de los que cabíamos en el compartimento. Pero nadie dice nada, ni siquiera aquel a quien le ocupan la cama.

Los vagones del tren van llenos de gente de todo tipo. A nuestro lado había una chica de nuestra edad (más o menos) que se erigió en nuestra protectora y que iba vestida a lo occidental de forma impecable. Delante teníamos a cuatro hombres, uno de ellos con turbante y pintas de ser muy pobre, otro con un traje blanco que le cubría todo el cuerpo. Los vendedores de comida y objetos varios (como spidermans que se pegan en las paredes del tren) no dejaban de pasar ofreciendo diferentes especialidades; sobre las diez de la noche comimos un curry con patatas y pan frito que nos costó, como todo, una vergonzosa miseria.

20 – 6 – 15 / Varanasi

Casi llegando al hotel se nos ha acercado un niño de unos quince años. Nos ha preguntado los nombres y yo al principio le evitaba, pensando que quería vendernos algo. Luego me he sentido fatal porque no era así; sólo quería hablar un rato con gente distinta a él. Cuando ha hecho ademán de darme la mano he dudado y me ha dicho que no pasaba nada; luego me he arrepentido mucho. El niño sólo quería hablar y en seguida se ha despedido de nosotras agitando la mano alegremente y diciéndonos “goodbye my friends”. Es una pena que tendamos a generalizar por el hecho de que la mayoría de indios nos hablen para vendernos algo; seguro que nos estamos perdiendo experiencias y personas geniales por esta desconfianza. Pero, realmente, no sé cómo lidiar con el problema.

28 – 6 – 15 / Jaipur

En medio de nuestro recorrido por los bazares nos sentamos en un jardín que bautizamos como el parque del apocalipsis, porque estaba lleno de basura y de gente tirada en el suelo durmiendo como si una semana atrás hubiera estallado una bomba atómica o algo así. Allí vimos una ardillita muy graciosa que, para escapar del calor, se aplastaba en el suelo y estiraba cada extremidad hacia un lado distinto.

Aún continuamos teniendo nuestra mentalidad occidental que busca parques cuidados, autobuses cómodos y habitaciones limpias. Creo que ya no es tan exagerado como al principio, pero aun así me sorprende lo ingenuas que podemos llegar a ser en ocasiones, cuando esperamos absolutas imposibilidades de este país.

29 – 6 – 15 / Pushkar

Hemos llegado al ecuador de nuestro viaje. Se ha pasado tan rápido que ya me invade el vértigo de la vuelta a casa. Y justo hoy, por muchas cosas que he hecho, visto y sentido, es cuando más ganas tengo de seguir en este viaje, y agrandarlo, e incluso convertirlo en un proyecto de futuro. Pero para eso tengo que renunciar a tanto…

Renuncias: justo anoche hablábamos de ellas María y yo. Cómo cuesta desprenderse de unas cosas o situaciones e ir a por otras. Elegir, decidir; creo que ahora llevo mejor la elección que implica renuncia; al menos soy más consciente de que este tema es un poco mi talón de Aquiles. Pero todavía me cuesta decir “no” a ciertas dinámicas con las que me une la emoción.

4 – 7 – 15 / McLeod Ganj

Luego ambos se han ido y no sabíamos a quién teníamos que pagar los tés. Ha aparecido un hombre indio y nos ha cobrado; mientras, nos hemos puesto a cantar la canción sij del templo dorado (nosotras cantamos “veneratis”, pero obviamente no dicen nada de eso) y el hombre se ha reído y ha dicho “veneratis” también, desatando así nuestras risas. Le hemos preguntado si sabía qué decían exactamente en esa canción y si conocía algún CD de música sij, pero no tenía ni idea. Nosotras, mientras, riéndonos a más no poder, claro.

Al llegar al hotel hemos comprobado que nuestra ropa no se había secado ni un poco, así que la hemos intentado colgar en unas cuerdas que hay en el pasillo. Como una cuerda estaba demasiado alta, María se ha subido a caballito en mí, pero le ha dado tanta risa que se ha tenido que ir al baño corriendo. Yo he seguido intentándolo sola y, durante mi misión, ha aparecido un tibetano de otro cuarto y hemos charlado un rato. Los tibetanos son los mejores.

8 – 7 – 15 / Manali

Al poco de ir en el bus me he dado cuenta de que no iba a aguantar mucho rato en mi asiento. Iba en el que da al pasillo y en cada curva tenía que hacer equilibrios para no caerme del asiento. He desarrollado todo un sistema de movimientos para mantenerme erguida, pero si lo hacía durante 12 horas (lo que ha durado el viaje de sólo 230 kilómetros) podía acabar con unas agujetas increíbles. Así que me he cambiado a otra ventana y María y yo hemos pasado todo el viaje separadas.

Ha sido una experiencia rara e interesante. El bus cogía curvas como si estuviéramos tocados por la salvadora mano de Dios. Al final he decidido no mirar al frente y centrarme en mi ventanilla; así no era tan consciente de los peligros. Incluso he conseguido dormirme un montón de veces, algo que pensaba que sería imposible debido a mi desconfianza generalizada hacia los medios de transporte sospechosamente inseguros.

El paisaje era todo el rato súper bonito, muy verde y bucólico, al principio soleado y más tarde nublado y lluvioso. Me he entretenido mirándolo y también viendo y escuchando a los niños sentados delante y detrás de mí. El paisaje estaba lleno de monasterios y templos por todos lados, incluso en caras de montaña a las que había que acceder en teleférico. Otra de las cosas que he pensado es que los indios lo ocupan todo; no hay trozo de carretera que no tenga un pueblecito, un templo, una parada de bus o un grupo de gente paseando. Supongo que es en estos momentos cuando se hace evidente la superpoblación de este país.

12 – 7 – 15 / Delhi

La primera parada fue en Kullu, y fue tan larga que empezamos a desesperarnos. Las únicas mujeres en el bus éramos nosotras, y el resto parecían jóvenes borrachos, egocéntricos y/o maleantes. María se meaba de la risa con el hombre de delante, porque mi mochila le daba cada vez más en la cabeza; parecía que estaba ascendiendo espiritualmente. Delante también teníamos a un musculado que no dejaba de ver fotos de sí mismo en el móvil y que en Kullu se puso a beber alcohol en una jarra. ¡Ah!, como siempre, no habíamos comprado provisiones.

No podíamos leer porque había poca luz y muchas curvas. Así que nos entretuvimos riéndonos de todo (qué raro) y pensando en nuestras cosas. Eso hasta que llegó el tramo del infierno.

Llovía bastante, se estaba haciendo de noche y la carretera empezó a ser cada vez más estrecha. Para colmo, íbamos al lado de un precipicio cada vez más pronunciado que daba al río embravecido de las montañas. Y, claro, el conductor iba como loco. Yo al principio tenía fe, pero poco a poco empecé a darme cuenta de que había peligro real. Hubo unos minutos en los que sentí hasta claustrofobia y que pensé seriamente en salir del bus cuando parara mínimamente, aunque luego tocara hacer dedo. María se estaba haciendo la dura para no echar más leña al fuego pero estaba igual de cagada que yo, como luego me confesó. Yo sentía incluso ganas de llorar, pero no quería armar un drama siendo que, además, todo el mundo estaba de lo más tranquilo.

Pensé que íbamos a morir y eso me hizo estar todavía más ansiosa. Al final, el chico de al lado me preguntó qué me pasaba y me tranquilizó diciendo que el conductor era un gran profesional, que 20.000 coches hacen ese trayecto diariamente y que India es un país famoso por sus conductores. No sé si fue la conversación o el descenso del número de curvas, pero poco a poco comencé a sentirme más relajada y María también (ahí fue cuando me confesó su anterior farsa). Ahora que ya no teníamos tan claro que fuéramos a morir hicimos promesas sobre cómo nos comportaríamos y qué haríamos en caso de sobrevivir al viaje. La verdad es que nos arriesgamos poco y dijimos cosas que ya pensábamos hacer.

14 – 7 – 15 / Aeropuerto de Delhi

En fin, estamos en el aeropuerto; nuestra aventura india está a punto de acabar. En unas horas estaremos en Dubái, y en unas más en Madrid. Mañana a estas horas estaré en Puzol, durmiendo en mi cama, preparada para contar todo lo que he vivido, dar regalos, descansar un poco y, en seguida, retomar todo lo que he dejado allí. Ahora soy incapaz de reconocer cómo me ha cambiado este viaje; sólo sé que lo ha hecho, como cualquier experiencia en la que uno va predispuesto a dejarse influir y empapar de todo lo que le rodea. He vivido, sentido, aprendido y reído mucho; me he conocido más a mí misma y a la persona con la que he viajado, María, casi una siamesa mía (y yo la suya) tras treinta días pegadas la una a la otra. He reconocido fallos y carencias propios y he dado lo mejor para sustituirlos por una versión actualizada y mejorada de mí misma. Este viaje ha sido como una vida en miniatura, pero una vida con mucha improvisación, imprevistos y momentos de humanidad que no esperábamos. Es normal que la India fascine y sorprenda; es más de 15 veces el territorio español, y tiene 1.200.000.000 habitantes. No hay una India; hay muchas. La variedad es infinita. Cada persona te sorprende a su manera, lo que hace que de un minuto a otro puedas dejar de amar la India para empezar a odiarla. Pero, al final, prevalece lo bueno (si sabes reconocerlo y quieres reconocerlo, claro). Vuelvo con las ganas de decirles a todos que vengan a conocer este país; quizás muchos no lo aguantarían, pero incluso de los momentos en que nosotras hemos estado al borde de la desesperación, aunque han sido pocos (nos tomamos las cosas con humor), hemos aprendido algo. Por ejemplo, a no quejarnos por minucias: ésa es una de las grandes lecciones que este país te da, si sabes recibirla.

Estoy segura, y María también, de que volveremos a la India. No sabemos cuándo, porque además queremos planear futuras rutas a otros lugares (Perú, Nepal, Tíbet…). Pero sé que ésta no es la última vez que vemos Delhi, Varanasi (qué bonita me pareció ayer viendo las fotos), McLeod Ganj, el templo dorado de Amritsar… ahora podemos revivir el país a través de las fotos, los recuerdos y los libros, pero algún día lo reviviremos también a través de nuestros cinco sentidos. ¡Que llegue pronto ese día!

¡Namaste, India!

Vashist, India

Vashist, India

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