M-II. Pintar el cuerpo

Llevo dos días deseando pintar. Dibujar. Colorear. No sé cuál es el verbo qué más se ajusta a lo que deseo desde hace dos días.

Esto es raro, porque yo nunca he pintado. Ni he dibujado, ni he coloreado. Sí he trazado garabatos en un folio reutilizado mientras mantenía conversaciones aburridas por teléfono. Y he repetido el mismo monigote una y otra vez en mis apuntes de la universidad. Y, antes, en los libros de texto del instituto. Mi madre siempre me reñía por rayar por libros de texto.

Pero hasta hace dos días nunca había sentido el impulso, la necesidad física de coger un pincel (¿de qué grosor?, ¿de qué clase sus cerdas? No lo sé, nunca he pintado), mancharlo de pintura (¿óleos?, ¿acuarelas?, ¿acrílicos?) y pasearlo por un lienzo.

Quiero bajar a la papelería a comprarme un bloc de dibujo y una caja de rotuladores y encerrarme en casa a pintar. A dibujar, a colorear. Ya ves. Nunca antes había sentido la necesidad de hablar a través de los colores y las formas. Mis peores notas las saqué en plástica. Odiaba repetir la rueda de los colores un curso tras otro. Un año nos propusieron (más bien nos ordenaron) diseñar una maqueta para la escultura de la rotonda que quedaba al lado del instituto. La misma tarde que acababa el plazo cogí un cartón de papel higiénico, lo pegué como pude sobre un trozo de cartulina, le pinté tres círculos de color naranja y lo presenté tal cual a la profesora de plástica. Ni siquiera inventé una interpretación artística que justificase mi obra.

Pero ahora quiero pintar. No ruedas de colores, ni el mismo paisaje primero en tonos primarios y luego en tonos secundarios, ni tampoco quiero copiar en puntillismo un cuadro de Van Gogh. Quiero pintarme a mí. Quiero desnudarme, mirarme al espejo y retratar mis hombros, la línea de mis clavículas, mis pechos que hoy están hinchados, mi flequillo que envía un mechón aquí y un mechón allá, la expresión de mi rostro de mujer de 28 años que acaba de descubrir el cuerpo que habita.

Quiero escribirle una carta a mi cuerpo recién encontrado. Recién conquistado, sí, por fin. He vivido en él 28 años como la arrendataria de una vivienda que sabe que será provisional. Como el molusco que nunca se acomoda del todo en ningún caparazón porque piensa que tras éste vendrá otro, y, tras ése, otro más.

Pero el periplo ha acabado. Me quedo en este cuerpo. Lo habito, lo siento, lo lleno, y parece como si para ocuparlo del todo tuviera que autorretratarme, dejarme pintada como soy ahora, o mejor, como me percibo ahora. Y la carta a mi cuerpo no puede ser escrita; debe ser pintada. Dibujada. Coloreada.

Llevo dos días deseando pintar y retrasando el momento de comprarme el cuaderno y las pinturas. No tengo técnica. No sé de pinceles ni de lienzos. ¿En qué caballete apoyaré el mío? No sé qué haré si me bloqueo. Cuando me bloqueo escribiendo, abandono. ¿Y si también abandono el cuaderno de dibujo? No tengo paleta. No tengo idea de óleos, acuarelas, acrílicos, grafitos, lápices, ceras.

Sólo tengo un cuerpo que desea ser mirado y retratado. Un cuerpo que, de repente, comprende que lleva incorporados los ojos de su mejor amante. Un cuerpo que menstrúa, que brilla cuando se le somete al calor, que danza descalzo al amanecer, que llora cuando escucha cierta canción en un momento concreto del día. Un cuerpo que es visto y reconocido por primera vez. No por otros, sino por la mujer que lo habita, que lo habitó siempre.

1Comment
  • Julia Sánchez-Arévalo
    Posted at 17:29h, 08 junio Responder

    Brillas y te encuentras y en ese recorrido me llenas de inspiración. Sé tú misma, que es algo maravilloso…

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